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Parejas en un local liberal: qué buscan y qué se llevan

Por Dante Soler · · 3 min de lectura

En los relatos de parejas que visitan un local liberal hay casi siempre un momento en que uno camina medio paso por delante del otro, como quien entra en un cine con la película ya empezada. La escena cambia mucho cuando quien llega no es una persona sola, sino dos que lo han hablado antes. Ya no basta con saber qué quiere cada uno: importa qué han entendido el uno del otro, qué se han atrevido a decirse y qué pasa si, llegado el momento, sus deseos tiran en direcciones distintas.

Qué buscan

Una pareja en ese pasillo no es la prueba de nada: ni de modernidad, ni de confianza, ni de madurez. Tampoco es, por definición, un problema. Las que pasan por el libro buscan cosas distintas:

  • Recuperar la novedad después de años juntos.
  • Conseguir un rato a solas, lejos de la rutina de casa.
  • Asomarse a algo sin saber todavía hasta dónde quieren llegar.
  • Explorar juntos una curiosidad que ha salido en una conversación sobre fantasías.

La primera pregunta

El tema puede aparecer con una pregunta tímida, después de una conversación sobre fantasías o como propuesta directa. La forma importa mucho: «¿te atrae imaginarlo?» deja espacio para pensar; «si me quisieras, lo intentarías» convierte la respuesta en una prueba de amor. Entre una frase y otra cabe buena parte de la calidad de una relación.

Debajo de esa conversación se negocian dos derechos que una pareja necesita preservar a la vez: el de contar una fantasía sin recibir un castigo y el de rechazarla sin perder el afecto.

Hablar, imaginar, ir y participar son cosas distintas

Hay parejas que disfrutan de la conversación sin querer pasar a la acción. Otras visitan un local y deciden marcharse, u observan desde lejos y concluyen que no les interesa. Haber abierto el tema no genera ninguna obligación futura, y presentar cada paso como una pendiente que lleva sin remedio al siguiente le quita valor a la elección.

Una pregunta útil, menos ambiciosa que «¿hasta dónde llegaríamos?», es esta: «¿qué necesitarías de mí mientras lo decidimos?».

Cuando la presión se disfraza de cariño

La presión no siempre llega como una exigencia. A veces se presenta como insistencia cariñosa, como broma repetida, como promesa de que todo irá bien o como apelación a la confianza: «si confías en mí, no tendrás problema». Precisamente porque hay afecto, las ganas de agradar pesan mucho. La pregunta que conviene hacerse no es si el otro ha dicho que sí, sino si podía decir que no sin un coste emocional desproporcionado.

Y hay que admitir una respuesta sencilla: no siempre existe una fórmula común. Hay parejas que comparten muchos proyectos y no comparten esta curiosidad. A veces el acuerdo más honesto es no hacerlo, y reconocerlo no empobrece la relación: evita que la palabra «acuerdo» disimule una renuncia que acabará en resentimiento.

Dos planos que no se mezclan

Cuando una pareja participa en un encuentro con otra persona, hay dos planos que nunca se confunden: lo que se negocia entre ellos y la voluntad de esa tercera persona. Un acuerdo hecho en casa no habla por nadie más. Lo explicamos en señales a ciegas.

Lo que se llevan cuando se encienden las luces

Muchas de las historias que recoge Glory Hole. Historia, deseo y anonimato, de Dante Soler, no terminan en el local, sino después, cuando se encienden las luces y cada uno descubre qué ha cambiado y qué no. El libro las cuenta sin morbo y sin sermones, con una pregunta de fondo que sirve para cualquier pareja, vaya o no a un local: qué entiende cada uno por intimidad y qué protege cada límite.

Basado en el capítulo «En pareja» de Glory Hole. Los testimonios proceden de conversaciones reales con nombres cambiados. Contenido para lectores adultos.